Cuatrocientas treinta y cinco obras de treinta países concurrieron al XLV Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, y el jurado eligió Contemplaciones, de Jesús Martínez García: una meditación en verso sobre un Dios que se esconde y, al mismo tiempo, está cerca. El 29 de septiembre el autor presentó el libro en la sede de la Fundación Fernando Rielo, en Madrid, y lo resumió en una frase: la poesía mística es oración.
Junto al autor intervinieron Ascensión Escamilla, directora de la Fundación, y el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Alfredo Vicent, compositor e intérprete de guitarra de diez cuerdas, que puso el contrapunto musical a la palabra poética.
Ascensión Escamilla presentó al autor con unas palabras del mensaje del presidente en la entrega del XLV Premio: «En la poesía mística, por ello, el poeta habla, y Dios susurra».
La palabra poética tiene un poder esencial: transfigura. La poesía verdadera no reproduce lo que ya existe, ni siquiera cuando se vuelca hacia lo que está fuera del poeta. Si crea realidad, transforma la realidad misma, y transforma también al lector, que solo puede comprender desde lo que en él ha sido transfigurado. Ese poder recorre la obra de Jesús Martínez, que llama a sus poemas «retazos de contemplación».
Contemplar es quedarse mirando algo o a alguien. Un cuadro, un rostro, un paisaje. O Jesús en Belén, en la cruz, en los brazos de María, en la Eucaristía. Quien contempla interioriza lo que mira y, de algún modo, se une a ello. El poeta se detiene en su camino y en el silencio siente; goza y sufre. El poeta místico, además, habla con Dios, y sufre por no tenerle aún.
El libro reúne composiciones estróficas, sonetos y liras, junto a poemas en verso libre, y se ordena en cuatro partes. Las tres primeras se detienen en la presencia de Dios en el alma, en la liturgia de la Iglesia y en las criaturas, que remiten a Él. La cuarta contempla a las mujeres que aparecen en los evangelios.
El hilo que une las cuatro es una paradoja: la presencia de Dios, oculta y cercana a la vez. De esa constatación nacen los poemas, como balbuceos amorosos que expresan el deseo del Absoluto. Dios habita en lo más hondo del poeta, y por eso los versos recorren los distintos grados de su vida interior, donde lo celeste aparece ya anticipado.
Todo el libro está atravesado por un anhelo de transparencia, de poder ver a Dios. Pero el poeta se reconoce mendigo de luz, obligado a buscar entre sombras. Ante una presencia que se esconde y se revela a destellos, todo lo creado se le vuelve frágil y provisional. La conclusión es clara: solo lo divino permanece, solo Él es firme y definitivo.
En su intervención, Jesús Martínez sostuvo que la poesía mística es oración, y que Contemplaciones es un poemario para orar. Recordó también Transfiguración, de Fernando Rielo, un poemario en el que, señaló, se abre una pléyade de luces místicas, y situó a Rielo entre los grandes poetas místicos españoles, junto a santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, y a voces más contemporáneas como Ernestina de Champourcin. En una afirmación coinciden ambos: Cristo es el gran poeta de la humanidad.
El ascenso que traza Contemplaciones es el de un poeta que no duda de la cercanía de Dios y escribe desde una seguridad que descansa en su fidelidad. Por eso es un libro que pide escucha y silencio, y que deja una certeza: en lo más íntimo del ser, la sed y la luz se corresponden.













