“Lo que no ha logrado la evolución lo conseguirá la neurotecnología, que tanto tiene que ver con el transhumanismo.” El profesor Luis Miguel González de la Garza, catedrático de Derecho Constitucional de la UNED, eligió esta frase para abrir su charla sobre neurotecnologías, neuroderechos y protección de la naturaleza humana, dentro del ciclo Aula de Pensamiento de la Fundación Fernando Rielo, celebrada el 18 de junio en la sede de Madrid.
Un riesgo mayor que la inteligencia artificial
Para González de la Garza, la neurotecnología plantea un riesgo mayor que la inteligencia artificial: mientras esta última procesa información externa, la neurotecnología puede intervenir directamente sobre la naturaleza humana. De ahí nace la necesidad de los neuroderechos, pensados para proteger a las personas frente a un sector que, en la práctica, controlan apenas una docena de compañías estadounidenses.
El uso médico de estas tecnologías está bien regulado y ha dado resultados positivos. El problema, según el ponente, aparece en el terreno lúdico y sin regular, donde ya es posible generar sensaciones o experiencias descritas como “fenómenos místicos” de forma artificial.
Capacidades aumentadas en pocos años
González de la Garza augura avances significativos en un plazo de dos a siete años, tanto en dispositivos externos como en implantes: memoria aumentada, capacidad de hablar varios idiomas de forma inmediata, o acceso a millones de datos implantados, incluida la información completa de una carrera universitaria. El resultado, advirtió, serían seres humanos con capacidades tan distintas a las actuales que podrían considerarse “otra especie”.
Frente a este escenario, los juristas intentan regular estas tecnologías, pero chocan con una asimetría difícil de resolver: los países que desarrollan la tecnología carecen de marco regulador, y los que legislan no tienen control sobre la tecnología.

Siete neuroderechos básicos
El ponente expuso los principales neuroderechos que se están planteando a nivel internacional:
1. Libertad cognitiva, frente a la posibilidad de que un implante altere la conducta.
2. Privacidad mental, ante el uso de datos sobre lo que pensamos y sobre nuestra experiencia vital.
3. Integridad mental, para que no se modifique la información almacenada en la memoria.
4. Continuidad psicológica, que preserve la identidad de cada persona.
5. Aumento cognitivo justo y equitativo, que llegue a quienes más lo necesiten.
6. Ausencia de sesgos mentales inducidos por la tecnología.
7. Un juramento tecnocrático que permita a los científicos revelar información grave sin penalización para los Estados.
Un desafío que exige respuesta internacional
González de la Garza subrayó que todas las corporaciones que desarrollan neurotecnología son privadas, lo que dificulta cualquier control desde lo público. Por eso, sostuvo, los neuroderechos solo serán eficaces si se aplican de forma universal, con acuerdos internacionales que trasciendan la legislación de cada país.
El profesor cerró su intervención con una llamada a que instituciones con capacidad de influencia, incluida la Iglesia, se impliquen activamente en el debate sobre los límites de la neurociencia aplicada.






